La casa al otro lado de la calle

Desde que llegué a trabajar en el taller del barrio, la casa al otro lado de la calle había llamado mi atención, tenía un letrero de venta en el jardín, pero pensé que era más de lo que yo podía aspirar. A los días una familia se mudó, no terminaban aun de instalarse, cuando estaban ya marchándose, y el letrero de venta, se vio de nuevo frente a la casa. En un par de semanas, alguien la había comprado, y de igual manera, abandonado a los pocos días. Así vi un total de cinco familias ir y venir, y me ganó la curiosidad, indagando un poco con mis patrones, supe que el problema de la casa era el supuesto fantasma de una niña malvada que vivió recluida ahí hasta que murió en circunstancias misteriosas antes de llegar a la adolescencia.

Habían rebajado el precio hasta el suelo para que alguien se la quedara, y al tener yo poco dinero y nada de miedo supe que era el lugar perfecto para mí. En un par de días estaba mudándome a ella. Durante la primera semana todo fue normal, empecé a escuchar algunos ruidos, pero los relacioné con el movimiento de los vecinos. Luego vino el abrir y cerrar de las puertas, pero como siempre busco una explicación lógica para las cosas, me convencí de que era el viento entrando por alguna ventana o los tantos gatos que rondaban por los alrededores.

Pero una noche; cambió todo, dormía plácidamente después de un largo día de trabajo, cuando un escalofrió hizo que me levantara con sobresalto de mi cama al escuchar el rechinido de la puerta, justo después, escuche unos pasos, pero estos no sonaban en el suelo si no en la paredes, hacia las cuales no pude evitar voltear, y observar a una pequeña traslucida de unos doce años saltando de un muro a otro. Ella agitaba su mano saludándome, y sonriendo de forma siniestra. Me quedé completamente paralizado, mientras ella decía con gusto, lo contenta que estaba por tener compañía de nuevo.

Mi mente pensante se diluyó en ese momento, y por mis venas solo corría miedo, ella se acercaba lentamente prometiendo jugar conmigo sus juegos favoritos, aquellos por los que la gente la consideró en algún momento malvada. Decían que torturaba animales, y no quise comprobarlo, el instinto de supervivencia superó al miedo, salí casi a rastras. Y ella me observaba desde la ventana, con su sonrisa macabra.

Hasta hoy no encuentro una explicación para eso, supongo que tengo que empezar a creer en fantasmas

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *