Lucia en el espejo

Lucia había dejado de ser una pequeña, estaba ya interesada en arreglarse horas frente al espejo y lucir hermosa. Para su cumpleaños número 14 había pedido solamente un gran espejo en el que pudiera verse de cuerpo entero, pues el que tenía solamente alcanzaba para su cara. Su padre había pensado en un artículo simple, en cristal del tamaño de la puerta y un marco sencillo para atornillar; la madre por el contrario, buscaba algo mejor para su princesa.

Visitaron tiendas de antigüedades, bazares, y demás lugares en busca del tan preciado objeto. La señora aun no podía encontrar el artículo que deseaba, pero el tiempo apremiaba, así que tuvieron que elegir uno. El mejor, fue aquel con marco de madera, y un par de puertas tras las cuales se escondía el espejo.

De entrada la chica lo encontró tétrico, pues el tallado en su parte superior, semejaba un par de ojos malévolos, no quiso decirlo para no desilusionar a sus padres, pero estaba en verdad aterrada, tanto que apenas se fueron, lo primero que hizo fue cubrirlo. Pero algo había de extraño en ese espejo, porque cuantas veces le ponía la sabana encima, las mismas veces se caía. Lucia pudo haber firmado declaración jurada de que algo se movía en su interior, tratando de abrir las puertas.

La noche se acercaba y la pobre muchacha sufría con la idea de tener que pasar toda la noche con aquel vejestorio que tanto miedo le causaba. Dejó la luz encendida, pero eso no disminuía su inquietud, pues tenía vista plena al espejo desde su cama y el espejo también la veía a ella con ese par de horribles ojos.

Se tapó de pies a cabeza para ignorar la visión, pero un sonido repentino la hizo saltar de la cama, los ruidos venían del espejo, como si alguien tocara las puertas por dentro, entre un par de susurros alcanzó a escuchar su nombre –“Lucia, sácame de aquí”-, le decía a manera de ruego, con una voz dulce aquella cosa endemoniada, -ayúdame por favor- insistía aquella aniñada voz femenina.

La curiosidad de apoderó de Lucia, hizo sonar las bisagras desengrasadas al abrir una de las portezuelas, y vio como la mano de una niña emergía desde el fondo del espejo, -¡ayúdame!- lloriqueaba la pequeña del cristal, mientras extendía su mano, y Lucia…Lucia la tomó. Una chica no mayor a 10 años salió de ahí, abrazó a su salvadora y le dio las gracias, después se desvaneció al correr hacia de las paredes de la habitación.

La joven hasta el momento temerosa se llenó de una sensación de paz, que poco tiempo pudo disfrutar, pues ambas puertas del mueble se abrieron junto a un chillido y fue atrapada por su reflejo, que la llevó consigo hasta el otro lado del espejo. –No me gusta la soledad-, dice su reflejo y la abraza con intensión de no soltarla jamás, -Te quedaras conmigo hasta que alguien tome tu lugar-, le repite constantemente su melliza.

Solo Lucia sabe por cuánto tiempo será, pues la única que ha abierto las puertas, es su hermana pequeña, y no le desea tal mal. Ahí vive ahora Lucia en el espejo, es su nuevo hogar, observa a su hermana crecer, cuando ella no lo quiera más, quien sabe dónde parara…

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